Si pudiera, ahora mismo compraría —por al menos veinte años— ese espacio espectacular que veo cada mañana, tarde o noche al pasar por la esquina del barrio. Es amplio, tiene parqueo independiente, está en un punto estratégico de tránsito constante y la entrada por la transversal facilita el acceso de padres e hijos. Cada vez que lo miro no veo un local vacío: veo una academia de nuevo tipo, un centro vivo donde el arte no sea un lujo, sino una práctica cotidiana.
Si tuviera el capital suficiente, o el respaldo de una empresa o de un empresario que comprendiera la dimensión cultural de la idea, firmaría el contrato sin dudar. No hablo de un capricho arquitectónico, sino de una visión concreta: aulas abiertas, talleres de dibujo y pintura, un pequeño escenario para teatro y recitales, conciertos íntimos, lecturas, debates. Un espacio donde la comunidad encuentre orientación, formación y estímulo creativo.
Pero no basta con el gusto, ni con las conversaciones, ni siquiera con pedir ayuda. He aprendido que la intención y el deseo, cuando están impulsados por la voluntad, operan de maneras que todavía no comprendemos del todo. Algo ocurre cuando la visión es persistente. Algo se activa cuando la idea no es pasajera, sino sostenida en el tiempo con disciplina y convicción.
Sé, por experiencia propia, que el pensamiento puede materializarse. He visto cómo una imagen sostenida con claridad termina encontrando su forma en el plano físico. No siempre entiendo el mecanismo completo, pero reconozco sus partes: la fe como motor, la constancia como engranaje, la acción diaria como sistema de transmisión. Lo que aún desconozco es el combustible exacto y el instante preciso de encendido.
La fe, cuando aparece, me coloca en un estado de energía sostenida. Viajo por las imágenes de lo que necesito —no siempre lo que soñamos es necesario— y durante días, semanas o incluso años me muevo con una fuerza interior que reorganiza mi vida. Esa energía no es ingenua; es dirección. Me orienta, me disciplina, me recuerda hacia dónde quiero caminar.
Sobre la intención, es difícil hablar con precisión. Existe un refrán que advierte sobre las buenas intenciones, pero yo he comprobado que la intención verdadera es un deseo elevado al cuadrado: es un deseo que ya comenzó a realizarse en el interior, aunque todavía no se vea con claridad en el exterior. Es como caminar entre neblina sabiendo que el terreno firme está ahí, aunque no lo distingamos completamente.
Yo quiero tener un taller de artes plásticas. Lo digo sin adornos. Puedo verlo con claridad: escuchar las voces de los artistas, sentir el movimiento del público, presenciar obras de teatro, conciertos, lecturas y recitales en un mismo espacio. No es fantasía; es una visión concreta. Y si pudiera, si supiera exactamente cómo activar todas las piezas del mecanismo, estaría ya abriendo sus puertas. Porque la voluntad no solo imagina: insiste, construye y termina encontrando su lugar en el mundo.
Proyecto Horizonte 2026 «Una luz en el alma» Puntos Cardinales «Aquí y Ahora en el Arte Cubano»
Fotografías del pintor cubano Nilo Julián González Preval Fotografías de la Fotógrafa cubana Alina Guzmán TamayoPinturas, Dibujos, Performances, Fotografías Taller de Artes Plásticas y Creación Audio Visual, Lecturas, Eventos, Fotografía Digital Manipulada
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Un post de Nilo Julián González Preval.

