Hemos llegado hasta aquí a fuerza de voluntad. No por azar, no por suerte: por empuje interior. Miro las experiencias que he vivido; las miro sin nostalgia ni rabia, las veo aquí y ahora, como se mira una cicatriz que ya no duele pero enseña. Y es lógico que me pregunte: ¿por qué nadie me lo dijo antes? ¿Por qué no me hablaron de la voluntad y de su relación íntima con la energía de la fe, esa fe que no es consigna sino combustible? ¿Por qué nunca los cubanos hablan del ego como energía, como fuerza que pesa, que empuja, que enferma o impulsa? Quizás ni siquiera sepan —porque nunca se los enseñaron— que el ego no es solo una idea: tiene cuerpo, tiene un lugar físico donde se tensa, donde se defiende, donde se atrinchera. Y entender eso cambia la vida, porque ya no luchas a ciegas: sabes desde dónde duele y desde dónde sanar.
La Fe del Arte
Yo tengo mucha suerte. Si escribiera los nombres de quienes vivían en mi barrio, nadie lo creería, así que sin poder entender, la necesidad de recibir una educación escolar habitual, tuve la mucha suerte de que, a momentos, los poetas, pintores y músicos que me acompañaron desde mi infancia, fueron educándome y mostrándome el arte de expresarme, el arte de vivir con arte, mucha atención por la técnica y el estudio constante y creativo.

