Te juro por lo más íntimo de mi vida. Te juro por mi vida que yo pensaba que Jesús el Cristo era uno con la luz, no como metáfora sino como sustancia viva, como una claridad que no se apaga ni se divide.

Te juro por lo más íntimo de mi vida.
Te juro por mi vida que yo pensaba que Jesús el Cristo era uno con la luz, no como metáfora sino como sustancia viva, como una claridad que no se apaga ni se divide. Creía que su presencia no caminaba: irradiaba. Que no hablaba: iluminaba. En mi imaginación y en mi fe, su figura no proyectaba sombra porque era la fuente misma de toda sombra posible. Yo lo sentía así, como un pulso antiguo y amoroso que atravesaba los huesos del mundo y se quedaba a vivir en el pecho, sin pedir permiso.
La luz que altera el orden del mundo.
Creía que podía cambiar con su alma la química y la física de la luz, que su paso reorganizaba lo invisible, que los átomos obedecían a su misericordia y el tiempo se detenía por respeto. Pensaba que en él el todo no estaba fragmentado: alma, universo y conciencia eran una misma respiración. No había afuera ni adentro; todo se reunía en una sola vibración serena, como un acorde perfecto que nadie más podía sostener.
La dualidad sagrada.
Yo creía con todo mi ser en la palabra de Dios, en el poder divino de la luz hecha hombre, en esa dualidad sagrada que no se contradice sino que se abraza. Creía en la carne como templo y en el espíritu como incendio. Creía que la fragilidad humana era el precio del amor absoluto, y que la divinidad aceptó sangrar para enseñarnos a no huir del dolor.
Los textos secretos del corazón.
Yo creía en los evangelios gnósticos, en Tomás, en el amado Mateo, porque allí encontraba un Cristo que no mandaba: despertaba. Un Cristo que no prometía premios futuros, sino lucidez presente. Palabras como espejos, sentencias como llaves, silencios más elocuentes que cualquier dogma. Ahí sentí que la fe no era obediencia, sino reconocimiento.
La promesa del acompañamiento.
Yo creía que él estaría conmigo todos los días hasta el fin del mundo, no como vigilante sino como compañero. Que caminaría a mi lado en la duda, en la caída, en el error repetido. Creía que su fidelidad no dependía de mi pureza, sino de su naturaleza. Que aun cuando yo no lo mirara, él seguía ahí, sosteniendo el suelo bajo mis pies.
Las otras verdades.
Pero en mi vida existen otras verdades, otros amados secretos que solo él sabe. Verdades que no caben en una oración ni en un templo, verdades que se dicen con el cuerpo cansado y la conciencia despierta. Hay silencios que también son confesión, y caminos que no se explican porque nacen de una necesidad más profunda que la fe aprendida.
La palabra cumplida.
Que solo tú sabes, ungido, maestro, compadre, socio, hermano: yo hablé contigo con amor y he cumplido hasta hoy con mi palabra. Me demoré treinta y seis días más de lo acordado para comprar el cacharro, es verdad, pero por lo demás he cumplido con creces. Los taxes no mienten, los americanos saben más que tú de esas cosas. Mira el statement del banco, mira mi pequeña cuenta, asere: ahí está mi verdad escrita en números, sin teatro ni milagro.
El arrepentimiento cotidiano.
Tú sabes cuánto me arrepiento de todos mis pecados. Tú sabes mirar mi alma sin maquillaje. Tú que eres luz divina sabes lo arrepentido que estoy y cuánto perdón pido cada día, no con palabras bonitas, sino con el peso real de la conciencia. No me justifico: me observo. No me absuelvo: me responsabilizo.
La lista de las caídas.
Yo me arrepiento de todas mis pasiones, de todas. Me arrepiento de mis abandonos, de mi inconsciente olvido del deber, del mundo y de la cobardía diaria. Me arrepiento de mi soledad, y quizás a eso se deba este asunto de estar aquí. Y quiero decirte, sin dolor alguno, que yo no vuelvo más. No es rabia: es claridad.
El cielo sin regreso.
Porque yo te juro que si de verdad llego al cielo, a mí, personalmente, no hay quien me diga, indique o mande a volver. Y mucho menos en un cuerpo humano. Si hay cielo, será conciencia plena; y quien despierta de verdad no retrocede al sueño, por muy sagrado que se disfrace.
La ruptura.
Yo no vuelvo más y tú eres un mentiroso. No lo digo con odio, lo digo con cansancio. Mentira es prometer lo que no se cumple, mentir es usar la luz para dominar, mentir es confundir miedo con fe. Ya no me sirve ese lenguaje.
El final de los milagros.
Dios no existe y los milagros tampoco. Al menos no como me los contaron. Si algo existe, es la responsabilidad humana, la conciencia despierta, el amor sin testigos. Y si hay milagro, es estar vivo, hacerse cargo y no mentirse más. Todo lo demás es ruido.
Fotografía Digital Manipulada
Fotografías del pintor cubano Nilo Julián González Preval
Acetato Producciones – Casa Templo del Arte Cubano
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