Algunas palabras antes de decir: Abajo el comunismo.

No tienes que ser graduado de una universidad ni acumular disímiles títulos para comprender la injusticia. La verdad no exige credenciales académicas cuando la realidad golpea el cuerpo, la conciencia y la vida cotidiana. Tampoco tienes que ser opositor declarado, disidente visible o prisionero político para reconocer el daño: basta con haber vivido bajo un sistema que vigila, miente y castiga para saber que algo esencial ha sido quebrado.

Un rato en el verde. Una foto de Alina Guzmán Tamayo.

No se trata de militancia ni de etiquetas. No se trata de ideología contra ideología. Se trata de humanidad. De sentir amor por la dignidad propia y ajena. De ejercer el sentido común cuando el discurso intenta anestesiarlo. Cuando un poder niega la libertad, empobrece la vida, encarcela ideas y normaliza el miedo, no hace falta teoría: hace falta conciencia.

Solo tienes que ser humano. Nada más y nada menos. Y desde ahí —desde esa base mínima pero irrenunciable— nace mi posición, humilde pero firme: ningún sistema que necesite negar la humanidad para sostenerse merece ser defendido. Porque antes que cualquier doctrina, antes que cualquier bandera, está la vida humana, y su derecho innegociable a ser libre, digna y verdadera.

El comunismo instaurado en Cuba a partir de 1959 se presentó como un proyecto de justicia social, pero se consolidó históricamente como un sistema de dominación total. Desde sus primeros años, el nuevo poder eliminó el pluralismo político, clausuró la prensa independiente, ilegalizó los partidos, subordinó el poder judicial al partido único y estableció un aparato de seguridad del Estado destinado no a proteger al ciudadano, sino a vigilarlo. Miles de personas fueron encarceladas por razones políticas, sometidas a juicios sumarios, campos de trabajo forzado (UMAP), expulsiones laborales, expulsiones académicas y muerte civil. El comunismo cubano no cometió excesos accidentales: estructuró el castigo como política pública. La represión no fue una desviación del ideal, sino su método de conservación. El control del pensamiento, la censura cultural y la criminalización del disenso fueron condiciones necesarias para la supervivencia del régimen.

En el plano económico y social, el comunismo cubano produjo uno de los fracasos estructurales más persistentes del siglo XX. La estatización absoluta de los medios de producción destruyó la iniciativa individual, anuló el mérito y convirtió al Estado en único empleador, distribuidor y juez del destino material de la población. El resultado fue una economía crónicamente improductiva, sostenida por subsidios externos sucesivos y caracterizada por la escasez permanente de alimentos, medicamentos y bienes básicos. La igualdad prometida derivó en una nivelación en la pobreza, mientras una élite política y militar acumuló privilegios vedados al ciudadano común. El éxodo masivo —continuo durante más de seis décadas— constituye un dato histórico irrefutable: millones de cubanos abandonaron el país no por propaganda enemiga, sino por la imposibilidad real de construir un proyecto de vida digno bajo un sistema que negaba la autonomía económica, la movilidad social y la esperanza de futuro.

Desde una perspectiva ética, el crimen mayor del comunismo cubano no fue solo material o jurídico, sino antropológico. Al subordinar al individuo a una abstracción ideológica llamada “pueblo”, el sistema negó la centralidad moral de la persona humana. La vigilancia constante, la delación incentivada, el miedo como herramienta pedagógica y la prisión política como correctivo normalizado produjeron una degradación profunda del tejido cívico. Incluso los ejecutores del sistema —represores, censores, burócratas— fueron moralmente corrompidos al ser convertidos en instrumentos de la violencia institucional.

Reconocer su humanidad no los absuelve; revela la magnitud del daño causado por un poder que necesitó negar la dignidad ajena para sostenerse.

Desde esta experiencia histórica concreta, afirmar una posición contra el comunismo no es una preferencia ideológica: es una conclusión racional y una exigencia ética. Allí donde un sistema necesita mentir, encarcelar y deshumanizar para existir, resistirlo es un deber intelectual y moral.

Fotografías del pintor cubano Nilo Julián González Preval

Fotografías de la Fotógrafa cubana Alina Guzmán Tamayo

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