La riqueza silenciosa de mi alma.

La verdadera riqueza no se mide en posesiones, en lo acumulado o en lo que el mundo etiqueta como éxito material, pues esas son apenas sombras que se desvanecen con el tiempo y el olvido. En este 2026, comprendo que el alma es el único territorio donde la abundancia es real, un espacio sagrado que no depende de las fluctuaciones del mercado ni de los aplausos de una galería complaciente. 

La riqueza del mundo es a menudo un espejismo que nos distrae de nuestra esencia, una carga pesada que nos obliga a mirar hacia afuera cuando todos los tesoros están guardados bajo nuestra propia piel. Es fundamental reconocer que el espíritu no necesita de metales ni de títulos para brillar con luz propia; su valor es intrínseco, inalienable y eterno, resistiendo incluso los embates de la enfermedad y el paso implacable de los años que nos vuelven más sabios.

Esta soberanía espiritual se mide, más bien, en la capacidad de mover el alma y el cuerpo sin la aprobación ajena, actuando desde la autonomía absoluta de nuestro ser y nuestras convicciones. Cuando dejamos de buscar el permiso de los críticos, de las instituciones o de aquellos que intentaron invisibilizarnos, descubrimos que el movimiento es libertad pura y que cada paso dado con honestidad es una victoria sobre la opresión. La verdadera riqueza reside en la fuerza para levantarse y crear, para dibujar una línea o realizar un performance sin miedo al juicio de quienes no comprenden la profundidad de nuestra lucha. Es un ejercicio de poder interno que nos permite ser dueños de nuestro tiempo y de nuestro espacio, transformando la realidad cotidiana en un acto de fe y resistencia creativa que nace desde lo más íntimo.

Es caminar libre del peso de las cosas perecederas, entendiendo finalmente que lo que realmente nos sostiene en los momentos de crisis no se puede comprar ni vender en ninguna esquina del mundo. Lo que nos salva es la memoria de los afectos, la persistencia de nuestra visión artística y la conexión profunda con la luz que ilumina el pensamiento antes que el ojo. Al soltar las anclas de lo material, el alma se vuelve ligera y capaz de atravesar cualquier tempestad con la dignidad intacta, sabiendo que la esencia es inatrapable para el verdugo o el censor. Esta libertad es el mayor patrimonio que un artista puede heredar de su propia experiencia; es una moneda que solo circula en el reino de la conciencia y que nos otorga la paz necesaria para enfrentar la muerte sin el temor de haber dejado lo esencial por lo superfluo.

Es una riqueza silenciosa e íntima, que no se exhibe en vitrinas ni se acumula en cuentas bancarias, pero que otorga a cada paso la ligereza necesaria para vivir en plenitud y en comunión con lo sagrado. Esta calma interior es el resultado de un proceso de autocrítica y autogestión que no requiere de testigos para ser legítimo, pues se valida en el latido mismo de la creación y en la verdad de nuestra palabra. Al habitar esta riqueza silenciosa, el mundo cobra un nuevo sentido, las palabras resuenan con una vibración diferente y cada gesto artístico se convierte en un puente hacia la comprensión absoluta de nuestra existencia. Es, en definitiva, el encuentro con nuestra propia divinidad humana, ese estado de gracia donde el alma descansa en su propia verdad, lista para cerrar círculos y abrir los nuevos capítulos que la vida nos regala con generosidad.

Proyecto Horizonte 2026

«Una luz en el alma»

Fotografías del pintor cubano Nilo Julián González Preval  

Fotografías de la Fotógrafa cubana Alina Guzmán Tamayo

Pinturas, Dibujos, Performances, Fotografías 

Taller de Artes Plásticas y Creación Audio Visual

Lecturas, Eventos, Fotografía Digital Manipulada 

Acetato Producciones – Casa Templo del Arte Cubano

nilojulian@gmail.com 305 469 6653

elartedenilojulian.com

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