Mi abuelo Julián era un tipo curioso. Curioso por naturaleza. Cuando tuve conciencia de quién era él y de cuánto podía aprender a su lado, empecé a aprovechar cada minuto para escuchar sus historias. No siempre sabía entonces qué significaban aquellas conversaciones, pero muchas de sus palabras se quedaron viviendo conmigo y todavía hoy aparecen cuando observo a la gente.

Cuando yo era joven me gustaban mucho los salones de baile. Me fascinaban porque en una sola habitación podía contemplar una pequeña representación del mundo. Allí estaba el que bailaba solo, el narizón, el elegante, el tímido, el músico, la muchacha que apenas suspiraba, el acosador, el que bailaba toda la noche y el que verdaderamente sabía bailar. Estaban también los que no se separaban de la barra, el divertido, el inocente, la engañadora, el trágico y aquel hombre solitario, vaso en mano, apoyado silenciosamente en una esquina.

Cada uno llegaba cargando sus virtudes, sus defectos, sus deseos, sus frustraciones, sus heridas y sus pequeñas esperanzas. Algunos buscaban amor. Otros buscaban compañía. Otros solamente querían bailar. Y también estaban los desesperados: los que bailaban mal, fuera de ritmo, pisaban a todo el mundo, chocaban contra la rueda y finalmente tenían que apartarse porque todavía no habían aprendido a moverse junto a los demás.

Con los años comprendí que aquel salón de baile era mucho más que música. Era una sociedad completa moviéndose frente a mis ojos. Diferentes personas intentando ocupar un mismo espacio sin dejar de ser quienes eran. Unos encontraban el ritmo rápidamente. Otros necesitaban tiempo. Algunos querían dirigir la música completa. Otros solamente buscaban un pequeño lugar donde poder bailar tranquilos.
Quizás una sociedad funcione exactamente así: nadie baila igual, nadie escucha exactamente la misma música y nadie llega al salón cargando la misma historia. El verdadero desafío consiste en aprender a convivir sin obligar al otro a bailar nuestros pasos.

Mi abuelo Julián probablemente lo habría explicado de una manera mucho más sencilla. Habría mirado alrededor, habría sonreído y quizás habría dicho: “Mira bien, muchacho. Ahí está el mundo entero.”
Nilo Julián “The Homo Nganga” González Preval
Puntos Cardinales “Aquí y Ahora en el Arte Cubano”
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